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Cuando se diseña un aparato
cualquiera, no sólo se busca la excelencia en su funcionamiento,
sino que, también, se tiene mucho cuidado en su aspecto
estético.
La preocupación por la imagen
de un aparato es una característica típica de fines
del siglo XX, en donde lo que entra por los ojos (cine, luces,
televisión, carteles callejeros) adquiere una dimensión
especial que guía, en la mayoría de los casos, los
gustos de los consumidores.
Pero, en este caso, el consumidor
es el peluquero, ya que estamos hablando de aparatos profesionales.
Un ejemplo muy claro son los modernos secadores de mano que tanto
se han perfeccionado en los últimos tiempos. Poseen una
variable de opciones muy interesantes que permiten al profesional
elegir hasta cuatro temperaturas, según el tipo de secado
que se necesite. Lo mismo ocurre con las velocidades.
Los materiales son muy resistentes,
lo que aseguran una larga vida a los aparatos, y un peso liviano
para el mejor manejo.
Antes no importaba el color de un
secador de mano: todo era mucho más uniforme, porque aún
el ser humano no había entrado en esta era visual que tanto
nos caracteriza. Esa posibilidad de elegir la tonalidad del aparato
se relaciona con la importancia que ahora el peluquero le otorga
a cada detalle de su salón: si hasta la herramienta más
pequeña forma parte de un todo armónico, el cliente
sabrá apreciar, inmediatamente, ese toque tan distintivo.
Para comodidad del profesional, los
secadores no sólo son más livianos, como indicamos
antes, sino que están diseñados anatómicamente
en función de la manipulación que tendrán,
además de ser, en la mayoría de los casos, de matrial
antideslizante.
Finalmente, en cuanto al aspecto
externo propiamente dicho, la imaginación de los diseñadores
gusta de los modelos que nos inclinan a pensar que esos equipos,
más que del presente, pertenecen a un futuro que ya llegó.
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