Estas
mascarillas tienen efectos comunes como son la actuación
por contacto, por penetración de producto por presión,
ayudando al drenaje linfático, sobre todo, en la zona
ocular. Y son un soporte adecuado a cualquier tratamiento.
La
base de todas ellas es un alginato, un alga que proviene del
alga fucus, que ofrece diez veces más oligoelementos
que una planta terrestre; sales minerales, polisacáridos
que ofrecen un efecto de revitalización; aminoácidos,
y gran cantidad de sustancias que favorecen la buena hidratación
de la piel.
La
máscara violeta: es especial para la rosácea y
las pieles sensibles; el frío que libera es más
moderado. Es descongestiva, antiinflamatoria, sedante, y aporta
vitaminas A, B y E.
La
máscara negra: su principio activo es el carbón
activado, un absorbente de impurezas de grasa y de sustancias
catabólicas, enfocadas para pieles grasas y mixtas. Ayuda
a cerrar los poros, y es una de las más frías,
por eso se utilizan también en los tratamientos de reafirmación
de senos.
La
máscara verde, contiene clorofila, es antiinflamatoria,
calmante, oxigenante. Está enfocada para pieles que han
sufrido una reacción después de tratamientos muy
activos, o después de trabajar con ácidos. Es
de gran ayuda en los traumatismos secundarios, como ser en los
edemas.
La
máscara naranja: tiene vitamina C que nos aporta su capacidad
antioxidante, antirradical libre, siendo, además, un
fortalecedor de la piel. Posee eneldo, que es un potenciador
de la vitamina C.